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Caí de rodillas en el mismo lugar,
en el punto exacto donde se alinearon los desastres
hace justo dos años.
Dos vueltas al sol
cargando la mochila de piedras blancas y desastres nuevos
(y algunos de los viejos),
hasta llegar otra vez aquí,
como seducido por un campo magnético
que atrae y repele lo que, por ahora, sólo es un secreto;
los facsímiles del amor, y más piedras blancas.
Aunque nada de eso pueda funcionar.
Aunque saberlo dé tanto miedo
y, de rodillas, golpee con los puños en el suelo
hasta quedar exhausto y caer dormido.

Sé que las pesadillas que se avecinan
son una isla desierta y apartada
de las verdaderas pesadillas.
Pero allí es posible no pensar en ti,
porque no quiero hacerlo.
Lo intenté en agosto,
lo intenté en septiembre.
No quiero hacerlo.

El último día ni siquiera recogí piedras
para colocarlas encima del calendario.
No había nada que recordar.
Ya había estado allí antes,
y entré maniatado en tu jardín,
y no encontré el rastro de tu perfume
entre todas las promesas que estaban floreciendo.
Así que me di la vuelta,
volví al pasillo de baldosas frías
y volví a hincar las rodillas.

En algún lugar de la casa está sonando el teléfono.
No voy a cogerlo.
Estoy cansado y, si me lo propongo,
volveré a tener sueño.

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