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Y vuelvo a las excusas de mal pagador
y a las mentiras necesarias,
que vienen a ser lo mismo.
Y te las creerás durante un tiempo,
y luego dudarás de mí,
para que al final estalle la bomba de neutrones
y vuelen por los aires las esquirlas de tus reproches.
Después de la explosión no quedará nada,
ni nada que decir.

Alguien me dijo hace tiempo
que esperara a ver el río
para cruzar el puente.
Y funcionó la noche que nos conocimos,
y las doscientas siguientes.
Pero llegó el deshielo, y llegaron las aguas turbulentas,
y no pude cruzar ningún puente,
ni siquiera pude quemarlos.
Eran barcos de papel a merced de una corriente salvaje.

Ni por un segundo pensé en agarrarme a ti,
Me dejé llevar.
Lejos.
Muy lejos.
Más lejos.
Y sólo cuando me puse de pie en aquella balsa
hecha de ramas y animales muertos,
sólo entonces me di cuenta
de que te habías lanzado al río tras de mí,
y que no eras la experta nadadora
que dijiste ser.

La balsa está rodeada por un remolino voraz
que no deja que te acerques;
pero la orilla aún está a tu alcance,
y allí abajo, donde las aguas ya se han calmado,
queda en pie un puente de metal,
uno invulnerable a la corriente
que ni siquiera yo podría quemar.
Sabes que no creo en la suerte,
pero quiero que tengas claro
que esta es tu última oportunidad.
Y ninguna excusa te va a servir,
porque las conozco todas,
porque, en el principio, fue la excusa,
y nació de mis labios.

No, esta balsa no es mi lugar en el mundo,
pero estoy cansado de nadar contracorriente,
de tragar agua,
de sentir que no queda aire en los pulmones.
Voy a quedarme aquí,
al menos de momento.
Solo, sin víveres, desarmado.
Y quiero ver cómo llegas a la orilla,
y cómo bordeas el río sin mirar atrás.
No esperes a que caiga la noche
y todo se convierta en amenaza.
Si aún tienes la esperanza de que me arroje al agua,
abandónala.
Deja de creer en lo imposible.
No me obligues a decirte la verdad.
Que nunca hubo un futuro para nosotros.
Que nunca estuvimos hechos el uno para el otro.

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