En el pecado está la penitencia

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Me hablaste de amor
y me quedé en blanco.
Paralizado,
mudo.
Ni palabras ni pensamientos;
sólo silencio dentro de mi cabeza
y la angustia ante el reloj de arena.

Demasiado tarde.

El discurso se derrumba incluso en el poema,
porque no sé si lo que siento
es lo que debería sentir.
Porque me temo que, si sintiera algo por ti,
debería salir corriendo.

No quiero tu complejidad.
No quiero adentrarme en lo más profundo de ti
si he de compartir cama con tus demonios.
No somos iguales.
Aunque digas que tú también llegaste del espacio,
no somos iguales.

Cuando te encontré entre la gente,
lo vi claro:
“No quisiera hacerte daño”.
Y ahora coso con el frágil hilo de tu voz
todos estos cortes en el pecho.

Voy a olvidarte, eso lo sé.
Me daré la vuelta y, poco a poco, te harás invisible,
y se irá tu olor,
y después dejaré de oírte.

Sí, esto también es matar;
pero llegado el momento sabré cuál es mi castigo.
Si es que haberte encontrado no es ya castigo
por algún otro asesinato.