En la piscina

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Te reconocí a cincuenta metros. Reconocí tu espalda fibrosa y morena, tantas veces recorrida. Tu pelo corto, tu biquini rojo con lunares blancos y ese gesto de fastidio que intuía en tu cara al verte rodeada de toda aquella efervescencia de niños, turistas y canciones horribles.

“Ojalá desaparecieran todos”, te oí pensar. Y sabías que yo estaba pensando lo mismo. “Ojalá se murieran”, dije, apuntando a unos y a otros con mi mano-pistola. Entonces sí, esta piscina sería perfecta. Como tú, que tras esas gafas de sol estás perfecta (al menos para mí). Aunque sepa que no eres perfecta. Aunque sepa que la perfección es una quimera que perseguimos, hambrientos, para justificar que nuestras vidas no son del todo lo que habíamos imaginado. Luego llega tu olor, y todo está permitido y perdonado.

¿Estamos cayendo en la misma trampa o es una trampa distinta? O quizá sea esto lo correcto, la única decisión posible; lo que en realidad habíamos estado buscando desde el principio.

Sé que tienes miedo. Sé que yo lo tengo. Que estoy balanceándome al borde del otoño y que no quiero volver a aquel momento y a aquel lugar en el que ni siquiera existíamos. Y no, sé que no querría no haberte conocido, porque incluso con el pecho cruzado por cicatrices profundas todo es mejor ahora. Todo es distinto. (Por eso es mejor).

Tercer asalto, niña. Tercer asalto. Te enseñaré lo poco que sé de boxeo, y de todo lo demás. Lo mío es tuyo. Lo mío podría ser tuyo si quisiera. Si quisieras.

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