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He dormido hasta que no era posible dormir más.
Aunque, en realidad, siempre se pueda dormir un poco más.
Aunque, en realidad, lleve catorce años y un día despierto.
Desde entonces no he vuelto a soñar
sin echar algo de menos al abrir los ojos,
ni he vuelto a sentirme roto de alegría
como aquella mañana del 93
en que lo gané todo.

Pero, ¿cómo puede estar tan lejos
el mejor de los momentos?
¿Cómo pudo morir la inocencia?
¿Quién la secuestró y la retuvo en un sótano inmundo
lleno de humedad y tumbas improvisadas?
¿Quién la asesinó?

Las palmas de mis manos están rojas,
pero no es rojo sangre, es sólo el frío.
La capa de hielo, entre los huesos y la piel,
que me separó de ti, y de ti, y de ti también
Y de mí.

Ahora, mientras me dejo las uñas desenterrando ataúdes vacíos
y gritándoles a todos y a nadie, como un niño perdido,
ahora intento recordar qué es lo que estaba buscando.
Si eras tú, o quizás tú,
o tal vez sólo la belleza de un abrazo.

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