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“No tenías derecho”,
tu voz, ahogada, sonó al otro lado del teléfono.
“Todo estaba bien.
Por primera vez en mucho tiempo,
todo estaba bien.
Así que…
¿Por qué?
¿Por qué tenías que hacerlo?”

Y yo me callé,
porque todo lo que digo
puede ser usado en mi contra.
Si me explico demasiado,
o si apenas explico nada,
el resultado es siempre el mismo:
una llamada de teléfono,
o una conversación
en algún sitio donde nos quisimos
y que ahora es otra cicatriz
de lo que pudo haber sido.

Qué importan las razones
si está sucediendo.
Todo. Al mismo tiempo.
Quererte y querer huir;
querer correr hacia ti
y querer, cuando amanezca, no haber salido corriendo.

Y no sé por qué me empeño
en dejar migas de pan tras mis pasos.
Tú crees que son pétalos de rosa,
y las vas recogiendo.
Pero ahora que nos hemos perdido en este laberinto,
y que las migan de pan decoran tu pelo,
no tenemos forma de volver al camino.

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