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Cada mañana un “no es posible”.
La misma canción infantil.
Las mismas plegarias
a la misma grieta de la pared.
Pero ya no queda nadie;
no hay nadie en la habitación.

Ocho mil días en la orilla de un mar que se intuye
al otro lado de la muralla de niebla.
Sísifo nunca aprende.
Le puede el orgullo.
O quizá esto sea lo único que sabe hacer.

Anoche te sentí más cerca que cualquiera de los astros.
Anoche creía en ello.
En la posibilidad de una isla.
El sexo como tregua.
La alternativa a la indiferencia.

Anoche te reíste de mi crueldad.
Te reíste.
No somos tan distintos.
Me gusta serpentear sobre la línea roja.
Desarmarte.
Rehenes tus labios.
Mía es la victoria.

Ningún ídolo de barro quedó en pie
cuando la marea derribó la puerta.
Y una excusa no puede ganar carreras tan largas.
Cae, agotada, a dos cuerpos de la mentira.

Querrías vivir en las nubes,
pero las nubes no te sostienen.
Nunca.
Nunca más allá de la mañana.
Cada mañana.

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