Etiquetas

,

Siento no sentir.
Siento haber llegado a controlar lo incontrolable.
Era la única salida.
La única medida sensata
para protegerme de los demás
y proteger a los demás de mí.

No buscaba soledad,
sí un poco de calma.
Los pensamientos nunca me dejan solo del todo.
Una fiesta a la que no te han invitado
pero todos hablan de ti.

Me explico mal cuando el frenesí de la ansiedad
pone en marcha diez obras a la vez
en el teatro abarrotado de mi cabeza.

Perdón por no hacerme entender.
Perdón por desconfiar de mi infalibilidad.
Te lo doy todo, y no es demasiado.
Freno en seco y tú no llevas puesto el cinturón.
Yo me quedo atrás, con las costillas destrozadas;
tú te proyectas hacia un futuro impracticable
de luces de neón y drogas más amables que las mías.
Hasta el mismo umbral de la rutina.

“Siempre estaré aquí”,
porque supones que es aquí donde quiero estar,
y supongo que aquí es donde me esperas.
Con los brazos cruzados,
apretando contra tu pecho un libro llamado Impaciencia.
Entro y salgo de tu vida, a placer.
¿No era esto lo que querías?
Otra vez he interpretado con literalidad
tu sarcasmo y tu inclemencia.

“Te quedas o te vas”.
Guardo el silencio en un bolsillo.
“Es una pregunta, E.
¿Te quedas o te vas?”.
Quiero quedarme, y querré irme,
y querré volver, y volver a marcharme.
Entiende que mi brújula no conoce el norte.
Que soy vagabundo de mi propia fragilidad.
Entiende que si pudiera elegir un lugar,
casi siempre estaría aquí.
Aquí.
Justo aquí.
Donde tú siempre ibas a estar.

Anuncios