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Un día creí haber cruzado la frontera
entre un pasado de rabia y sombras
y un futuro sin el corazón al galope.
Y entonces me senté.
Me senté a esperar.
Y poco a poco, en una sutil maniobra de distracción,
me rodeó el enemigo.

Y es que, ahora lo sé, aquellos eran sus dominios.
Ahora lo sé; nada era mío.
Ni las canciones, ni las risas;
ni siquiera la mano que daba vueltas y vueltas en tu pelo.

Nada era mío,
y aun así quise quedarme.
Sólo un rato. Sólo un rato más.

Pero el enemigo es incansable;
es implacable en la victoria y aún más en la derrota.
Hay algo de bello en él;
en su arrogancia,
en su infalibilidad.

A veces, ahora lo sé, quisiera ser él.
A veces lo imito.
Pero mis victorias nunca son memorables
y con cada derrota tengo que nacer de nuevo.

Mis dominios son estas tierras humeantes,
arrasadas por la guerra sin cuartel contra mí mismo.
Mis posesiones, un trozo de papel donde escribir con carbón
lo mucho que te echo de menos.

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