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Ayer parecíamos extraños.
Dos vecinos en una charla de ascensor.
Dos caminos obligados a cruzarse momentáneamente,
pero con ganas de abandonar cuanto antes la encrucijada.

Quizá nunca fuimos amigos.
Quizá nunca lo seamos.
Aunque no te olvide,
aunque no me olvides.
No éramos tanto como creíamos,
pero eso no ha evitado doscientas noches de recapitulación
y culpa.

Todo o nada.
La apuesta de los suicidas.
La perfección o el desahucio.
Y abandonar esta casa,
y provocar el derrumbe.
Y celebrar que salimos ilesos.
Sólo heridas superficiales al final del deshielo.

“Quiero ver una sonrisa”, me dijiste.
Te pedí que me la dibujaras
y me pellizcaste ambas mejillas:
“Ahí la tienes”, respondí.
Pero tenía que irme,
y tú también tenías cosas que hacer.
Al alejarnos pude ver en tu cara
que mi sonrisa se iba contigo.

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