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Dejé que se abrieran los cielos
y, desnudo, me puse cara a cara con la tempestad.
Ahora todo es agua desde aquí hasta donde alcanza la vista.
Agua y nada más.

Necesito un par de branquias;
otra manera de ver las cosas,
otra manera de respirar,
otras circunstancias.
Sin amores de riesgo calculado
ni trampolines sobre el vacío.
Ya es tarde para encarnar al suicida,
ya no hay cadáveres exquisitos;
pero sí esta exquisita estrategia de acoso y derribo
a mi propio castillo.

El foso detuvo la inundación
y ahora mi castillo y yo
somos una isla acorralada por el océano.
Una isla sin bandera.
Aquí no soy dueño de nada,
ni de mi piel mojada,
ni de mis palabras.

Ya veo llegar a los náufragos.
Hambrientos, sedientos.
Ya oigo sus gritos de tierra a la vista
y casi puedo ver sus sonrisas desdentadas.
Creen que, por una vez,
alguien ha escuchado sus plegarias.

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