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Todos te echan de menos. Todos quieren un trocito de ti. Quizá tengan hambre, o un cuarto lleno de trofeos. Lo que no saben es que cada amanecer asesinas al presente. Que el presente no existe, que todo es pasado o presagio. Aun así, accedo a sus deseos. Me pongo en pie y me lavo bien la cara, y cojo las cremas que alguien se dejó por aquí. Reconstruyo la máscara sólo para ellos, para sus salas de trofeos. Al fin y al cabo, ese es tan buen lugar como cualquiera para dormir el invierno.

Pero mientras me probaba las pinturas de guerra oí a un niño llorar, y gritar con rabia. Estaba allí, allí mismo, sentado en el suelo, maldiciendo sus juguetes y su bicicleta nueva. Cuál no sería su dolor. Me dijo que había estado toda la noche sin dormir. Toda la noche esperando. Esperando por esa bicicleta roja y blanca y por esos juguetes. Pero ahora tenía sueño y estaba muy cansado, y no podía jugar, ni bajarse a la calle con su bicicleta.

-Duerme -le dije-. Duerme un poco.

Me respondió que no pensaba volver a dormir hasta haber disfrutado de sus juguetes.

-Bueno, yo me tengo que ir. Me están esperando.

-¿Tus juguetes? -preguntó.

-Algo así, chico, algo así.

-¿Tú sí puedes jugar con ellos¿ ¿Sí has dormido?

-No, no puedo. Tampoco sé si quiero. Tengo sueño, como tú.

-Entonces, quédate. Si te quedas cuidando de mis juguetes, te prometo que me duermo. Y después yo vigilaré los tuyos.

Se enroscó, y se echó a dormir. Era un gigante cercado por un ejército de juguetes. Durmió como sólo puede dormir un niño. Y yo me olvidé de los que me esperaban. De todos. De todos ellos. De que se pondrían impacientes, de que me coserían a preguntas. Pero ahora tenía una misión que cumplir; tenía que vigilar unos juguetes.

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