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Él no lo sabe
pero nada de esto va a parar.
Nada, desde siempre,
nunca iba a parar.
No importa cuántas veces lo intente,
ni cuántas veces se cuente a sí mismo
que es sólo cuestión de tiempo.
Que los astros se van a alinear.
Que un cometa traerá la buena nueva:
“Todo ha terminado.
Todo pasó”.
Y no hay nada más sencillo que dormirse de autoengaño.

Ahora está amaneciendo otra vez,
y sigue sin saberlo.
Aunque sospecha que no le queda tanto tiempo.
Se tapa la cara con la almohada
y la noche comienza de nuevo.
Segunda oportunidad.
Pero le sobran noches así,
y oportunidades,
y sospechas.
Porque nada de esto va a parar
si no despierta.

El pasado le agarra del cuello,
y no lo suelta.
Cuando consigue zafarse mira atrás,
con tristeza,
y comete su error favorito;
vuelve a por ella.
Y durante un puñado de momentos
cree que se encamina, triunfante,
a un futuro soleado donde los besos
han aniquilado al terror.
Entonces siente la presión en la garganta
y unos dedos huesudos le aprietan el cuello.

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