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Me susurraste un cuento al oído
sentada al borde de la madrugada,
vestida sólo con dos lunares en el cuello
y una diadema de terciopelo.
Intenté no claudicar al arrullo de tus personajes.
De la niña, del dragón…
De esa otra niña de la que aún sabemos muy poco,
ni siquiera si sus orejas se ponen rojas como las tuyas
al apartarle el pelo de la cara
o si alguna vez se emociona sobrevolando La Comarca.

Cada baldosa del suelo tiene forma de libro,
excepto aquella parte de allí
que es patrimonio de tus botas de piel de serpiente
y del pijama que no te quitas para dormir.

Unos ojos de perro bonachón nos observan
tras las rejillas del armario
y los cactus que no puedes matar nos recuerdan
que hace tiempo que tenemos hambre y sed.
Pero antes quieres pintarte las uñas de los pies,
cantar una canción
y dibujar algo parecido a la imagen que tienes de ti misma.

Recuerdo que me hablaste de universos paralelos
y de agujeros negros cerca de los anillos de Saturno.
Y yo no sé por qué nadie iba a ir tan lejos
sabiendo que tú ya creaste un universo entero.
Sólo hace falta llegar en son de paz y pedir las llaves,
y respetar tus reglas una vez dentro.

Un, dos, tres, escondite inglés.
Un, dos, tres, escondite inglés…
Estás a punto de tocarme en el hombro
y salir corriendo sacándome la lengua.
Hay otra niña aquí que no sale en los cuentos.
Tímida y traviesa,
con los ojos abiertos como platos
para que nada escape de su universo,
y que ahora, al leer esto,
se ruboriza y se tapa la cara
como si todo el vecindario la estuviera observando.

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