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No quieres hacerlo.
No puedes hacerlo.
Ahora mismo, no.
Pero no puedes no hacerlo.
No puedes desandar lo andado,
porque ya no hay adonde volver.
Porque todo está aquí, o más adelante.
Por eso tiemblas.
Por eso a veces te quedas sin fuerzas.

Ya no hay red.
Nunca debió haberla.
Nunca la hubo, en realidad.
Sólo la ilusión de una seguridad
parecida a un coma autoinducido.

La vida mata, sí.
Y va en serio, también.
Pero esto no termina hasta que termina.
Así que descansa.
Vendrán otros días como este, o como aquellos,
o como todos los demás.
Tormentas y arcoiris,
huracanes que arrasan el alma
y hogueras frente a las que probar unos labios
y entonar una nueva canción.

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