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He amanecido en el lugar equivocado.
Una y otra y otra vez.
No sé si quedan más piedras con las que tropezar,
o si ya todo es arena hasta el borde del desierto.

Tiemblo de frío en pleno julio.
Cuarenta grados a la sombra.
Y las sombras en la pared,
todas susurran:
“Hazlo, o deja de intentarlo”.

Estaba esperando este momento,
pero no he sentido nada.
Nada.
Como mirar a un tiburón a los ojos.
No hay ni un solo sentimiento,
pero sé que quiere devorarme,
y yo estoy demasiado asustado como para tratar de huir.

He caminado sin descanso desde la noche del fin del mundo.
He gastado tres pares de zapatos.
Y eso es todo.
Al menos es lo que me cuenta ese que queda despierto
cuando se apagan las luces dentro de mí.
Sólo zapatos gastados.
Sólo unas rodillas doloridas.
Y las heridas en las palmas de las manos,
de cada vez que las fuerzas me fallaron.

Volveré al mar.
A nadar entre tiburones.
Cualquier cosa menos la arena ardiente
y este simulacro de soledad.

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