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Toda esta gente
que no voy a llegar a conocer,
y toda esa otra
que desearía no haber conocido,
y estás tú,
y decidí no conocerte
desde el momento en que nos conocimos.

No es aquí, rodeado de cuerpos pudriéndose al sol,
donde más solo me siento.
Ni en las noches que no quieren terminar,
ni en los abrazos que me rompen por dentro.
Fue a tu lado,
durmiendo juntos pero en sitios distintos,
donde entendí que “soledad” no es una palabra.
Es una estatua de hielo que nos observaba
desde los pies de la cama.

Y ahora no puedo sacarme este frío de encima.
Lo llevo conmigo.
Como un abrigo de piel mojada de serpiente.
Como un sueño profundo
sobre el colchón de asfalto del suicida.

Pero hace un momento
deslicé mis dedos hasta las paredes de tu vientre
y sentí el calor húmedo y pegajoso
de lo que algunos llaman vida.
El mismo calor que me acostumbré a respirar,
a saborear,
mientras tú caías rendida a una nueva evidencia:
Ya estábamos en la cima.
De allí en adelante, sólo caída.
Y el sueño.
Y la estatua de hielo que nos mira
y se relame en su sonrisa.

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