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Ella tenía que matarme,
y yo dejarme matar.
Era lo justo.
Lo que los dos necesitábamos.
El luto y el duelo,
y un coro de plañideras.

Ella tenía que matarme,
y yo no podía objetar.
Era su turno.
Lo único que podía alejarla de las noches en vela
y del vacío de una ausencia inexplicada.

Ella tenía que matarme,
porque yo la maté antes.
Por la espalda, a traición,
sin que las manos me temblaran.
Sin atender una sola de sus súplicas.
A la hora señalada.

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