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Me dejó una nota:
“Tranquilo, estoy aquí”.
Y sólo después supe
que la escribió al otro lado del abismo.
Que pondría un océano entre los dos
y me pediría que la siguiera.
Y que si no la seguía,
seguiría sin mí.
Pero debía estar tranquilo,
porque ella siempre estaría allí.

No quiso comprender que mi compromiso era
para con una idea de sí misma
que me supo vender
entre discursos de libre albedrío
y de un amor más fuerte que las bombas.

Rompí el pacto.
Olvidé lo firmado en el contrato.
Pero un contrato con trampas y engaños
-o lo que es peor,
con promesas que no sabes cumplir-
vale tanto como las lágrimas
que terminarán mojándolo,
y pudriéndolo.

Cuando el papel se disuelva
en el remolino del retrete
junto al resto de desechos
de todo lo que creímos ser,
sólo quedarán conversaciones a destiempo,
inoportunas,
sobre todo lo que pudimos ser.

Fue un error de cálculo.
Fue un error.
Ni tú estabas ahí,
ni yo tenía la intención de seguir tus pasos.
Mientras nos alejábamos
nos aferramos a la mentira
de que tarde o temprano
terminaríamos por encontrarnos.
Pero tu orgullo es una cordillera impracticable
que te aísla en las alturas,
y mi falta de fe en la fortaleza de nuestro abrazo
no puede alimentarse de promesas y pactos.

Ahora que la piel está más dura;
que ningún cuchillo y ningún reproche
puede hacerme demasiado daño;
ahora soy yo el que observa desde las alturas.
Soy yo el que está al mando.
No tienes nada que ofrecerme;
nada ha cambiado.
Lo veo en tus ojos,
lo siento en tus dardos.

Si vagué por el desierto buscando una salida
no fue para demostrarte algo
ni para resucitar lo que llevaba meses muerto.
Tampoco lo hice por mí.
Era sólo inercia.
Me levanté y eché a andar,
en cualquier dirección.
(Del desierto se sale en cualquier dirección).
Y allí, detrás de la última montaña de arena,
te encontré, sonriente;
sorprendida al verme de una pieza.
No sé si te alegraste de verme;
no sé si te fijaste en mis heridas.
Me hablaste de tus cicatrices.
Las mías, según tú, eran todas merecidas.

A veces eres la madre que nunca quise tener.
Sacas lo peor de mí;
sabes dónde encontrarlo.
Así que, está bien…
Ahí lo tienes.
Te lo regalo.

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