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Ojalá no me dieras el poder
de destruirte.
Ojalá no pudiera,
con una sola palabra,
hacer temblar los cimientos de lo que eres
y de lo que serás.

Pero creo que te lo advertí.
Te lo pedí.
E insistí.

Ahora tu temor es mi tortura.
Porque, aunque no lo quiera admitir,
soy el peor de los cobardes.

A veces soy un cáncer
que anida en cualquiera que se deje engatusar
por este encanto embustero
de estar de vuelta de todo.
Pero lo único que vuelve
una, y otra, y otra vez,
es el miedo.
El miedo al miedo,
o lo que es igual;
el miedo a mí mismo.

Has dejado el botón del pánico
en manos de un niño asustado
que vive en la oscuridad.
Cualquier ruido, cualquier sombra,
hará que todo vuele en pedazos.
Y todo es todo.

Nadie sale vivo
de la masacre de un niño.
En las pesadillas no hay amigos.
Ni amores.
(Si acaso, amores perdidos).
Ni salida.
Salvo, quizá, el salto al vacío
para morir y despertar.

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