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Con veinte años escribí
que no sentía nada por nadie.
Con veintisiete os susurré al oído
que si la muerte traía la calma,
la dejarais venir.
Y la muerte llegó. Y se fue.
Y en vez de calma
sólo trajo un poco más de confusión.

Como un animal en el zoo,
con el orgullo herido
y la desorientación de un espíritu adolescente,
voy de un lado a otro de la jaula
con paso firme y mirada desafiante.
No sea que los visitantes descubran
que sigo teniendo trece años,
que no he llegado adonde quise llegar,
porque lo único cierto
es que nunca tuve claro
que tuviera que llegar a algún sitio.

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