Etiquetas

,

Todavía no tengo claro si lo nuestro
fue una bendición;
un regalo de los dioses
en la última noche del último año de mi vida,
en el día más caluroso de todos los diciembres.
Cuando salté al vacío
para buscar tu caja de música.
Tú gritabas, y te reías,
y yo rezaba para no volver a ti con las manos vacías.
Ya sabes,
yo y mis primeras impresiones,
yo y mis máscaras.

Pero a veces,
cuando nos enamoramos del malentendido
y parece que entre los dos se levanta
otra torre de Babel,
termino por creer
que en lo más profundo de aquel precipicio
dormía una maldición.
Que las palabras nos matan,
porque siempre (siempre) terminamos escogiendo
la palabra equivocada.

No recuerdo si había luna llena aquella noche
pero sí que me has cegado con luz de gas
durante los quinientos días siguientes.
Tenlo claro,
no voy a pasarme otros quinientos pidiendo perdón.
No necesito tu perdón.
Sólo que entiendas que nada de aquello
tenía que ver contigo.
Que “tranquilo, estoy aquí” era una promesa
y en nuestro contrato se prohibía mentir
bajo pena de un invierno de dolor y reproches.
La soledad merecida
por ser tan torpes.

Sé que voy  pensar en ti
con mi último aliento.
Y sé que en mi último aliento abriré los ojos
y no estarás allí.

Anuncios