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Espera.
Sólo espera.
Párate y observa.

Una grieta en el pavimento.
El martillo neumático se abre paso
en las caries del asfalto.
Alguien llega tarde.
(O muy temprano).
Aquel de allí, el del jersey rojo,
odia su vida.
Y ese otro con traje de vendedor
odia al del jersey rojo.

Hace tanto frío
que esta tinta es toda la sangre
que corre por mis venas,
y el único veneno capaz de doblegar
a los fantasmas de los malos momentos.

Espera.
Espera a que llene este vacío
con todos los recuerdos futuros
de los que no formas parte.
Cuando consiga serenarme
y mi lugar en el mundo esté fuera de mi cabeza
construiré una casa de ladrillo
y tú vendrás a visitarme.
Y no te quedarás,
porque ese tiempo ya lo hemos perdido.
Aun así,
te dedicaré la mejor de mis sonrisas.
Desde lo más alto contemplaré mis dominios.
Tú ya te habrás ido.

Pero espera.
No hablemos de lo inevitable.
Me conozco.
Mis vaticinios siempre son certeros.
Son certeros y llegan tarde.
Como tú,
que ahora insistes en arreglar lo que no está roto.
Todos esos recuerdos de los que no formas parte.

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