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Trato de avanzar a través de este bosque
habitado por fantasmas con garras metálicas
y los antepasados de todas mis vidas.
Trato de no escuchar sus consejos maliciosos
y concentrarme en el paso siguiente.

Sé que pienso cuando debería actuar.
Que después actúo sin pensar.
Y tropiezo.
Y al levantarme
la garra metálica de uno de los fantasmas
me aprieta el pecho y tira de mí.
Los antepasados callan.

El murmullo del bosque es cada vez más intenso;
ruido de colmillos afilados
que desgarran la piel
y atraviesan la carne.
Mastico sin dientes el aire viciado de miedo.
Mis piernas echan raíces,
como arterias,
en esta sinfonía de otoño y hojas secas
que antes era suelo.

No tengo sueño, pero duermo.
No tengo hambre, pero devoro el miedo.
Es lo único que los colmillos del bosque
han dejado intacto.

Cuando salga de aquí
no me habré hecho más fuerte.
Al contrario,
mi sangre correrá por otras venas
y yo me habré debilitado.

Seguiré avanzando
entre antepasados y fantasmas,
arrastrando grilletes
que se parecen mucho a garras metálicas.

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