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A veces, al mirar al niño que fui, me reconozco en su terror y su angustia. Casi nunca en la despreocupación inocente que, estoy seguro, también formaba parte de él. He aniquilado a aquel niño rubio que solía reírse hasta que le dolía la barriga. El que buscaba tesoros en los cajones de casa de los abuelos y los acababa encontrando. El que quería que pasaran los años -todos los años que tuvieran que pasar- para ser como aquel anciano que veía pasear, tranquilo, por el bosque. Lo observaba cada día y cada día envidaba, en cierto modo, la calma de su soledad. Sin deberes, sin máscaras, sin un futuro por delante que tardaba demasiado en llegar. Sólo el bosque, el olor a pino y a la tierra húmeda del otoño, y todas las criaturas que se escondían en el rabillo del ojo para no molestar ni ser molestadas.

Aquel niño nunca se fijó en mí. Nunca imaginó que llegaría hasta este preciso momento. Cuando eres niño, treinta años son la eternidad más un día; treinta años están tan lejos como todas las estrellas. No pensaba en mí ni siquiera cuando la tristeza le llenaba el pecho sin ninguna explicación que pudiera comprender.  Pero si ahora volviéramos a encontrarnos, y sé muy bien que sigue por aquí, le diría que hice todo lo que pude. Que tampoco yo lo tuve fácil. Porque lo enterré, sí; lo enterré todo lo profundo que fui capaz de cavar con estas manos que jamás habían tocado el barro, pero nunca lo dejé ir. Mi terror y mi angustia son los suyos, y quizá haya llegado la hora de cogernos de la mano y adentrarnos en el bosque. Sin miedo esta vez. Le contaré un secreto; en el bosque no hay nada que temer, ni siquiera de noche. Que él es más fuerte, mucho más, que los monstruos que le visitaban en la duermevela. Tal vez, así, confíe en lo que ha llegado a ser y me susurre al oído que ya me ha perdonado.

“Deja de tener miedo. No creas que por ser un niño asustado no puedo cobijarte en este abrazo”.

Y seguir caminando. De la mano.

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