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No sé por qué me sorprendo
con lo que un solo pensamiento
puede hacer conmigo.
Aunque no crea en la esclavitud
no hay ser más esclavo que yo.
Esclavo de lo invisible;
de lo que no ha sido y probablemente nunca será.
De ese pensamiento
que es, a la vez, rabia y miedo,
y un poco del egoísmo infantil
que da la callada por respuesta
después de un “no” o un “tal vez”.

Pero no he venido a hablar de ese niño.
Le doy demasiado espacio
O demasiado poco.
Para él viene a ser lo mismo.
Porque nada le calma.
Porque siempre echó de menos lo que no le compraron
o lo que había roto.

Quizá debiera volver a sentarme delante de él,
de su silla vacía.
Y que B. volviera a hacer de juez y parte
y me mandara callar,
y le escuchara.
Quizá ningún amor sea verdadero
si estoy cansado de un chiquillo
que ya debería haber muerto
en algún punto entre el terror y la arrogancia.

Oigo las voces de quienes celebran su propia ceguera.
Y a veces yo también querría ser ciego.
Celebrar, como ellos, que nada importa,
que “mejor” o “peor” son sólo un poco de aire.
Pero todo importa.
Cada decisión.
Cada promesa.
Cada derrota.
Cada corazón aplastado en el camino
por el peso de estas botas sin alma.

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