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Nos sentamos en el muelle. Bajo nuestros pies, el mar, decorado con la suciedad del puerto, golpeaba el hormigón. Tratamos de decidir en qué barco escaparíamos. Qué barco le robaríamos a alguien que no mereciera tener barco. Nos reímos de nuestra propia arrogancia mientras nos alejábamos por el Palmeral de las Sorpresas. Y seguimos riendo, porque allí no había palmeras a la vista, y la única sorpresa en cien kilómetros a la redonda era que tú y yo estuviéramos juntos.

Saltaste sobre el piano. Me llamaste con los ojos. Yo te aseguré que era un mal bailarín, pero me arrastraste en tu regresión a los quince años.

Ojalá nos hubiéramos quedado allí.

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