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Querida Dra. Z,

Puede que esta sea una de esas cartas de las que después me arrepiento. Puede que quiera ir a buscarla a tu buzón, o salir corriendo detrás del cartero para reclamarla. Puede que intente hacerte creer que no pretendía decir lo que creías que había dicho. Lo que, de hecho, voy a decir. Ya sabes cómo funcionamos; cómo nos movemos dentro de este ring al que nos gusta saltar de vez en cuando. Así que, señor Juez, nada de esto es verdad. O casi nada…

¿Quizá debería empezar por el principio? Tú conoces bien el principio, y nadie más que tú tiene por qué saber descifrar esto. Pero, si insistes… Digamos que el principio fue una laguna con unos pocos dedos de agua, con algunas criaturas, pequeñas todas, vagando y divagando entre el fondo y la superficie. Poca cosa. Y un buen día llegaste tú; llegaron las aguas torrenciales. La laguna se extendió hasta territorios que ni siquiera existían. Se hizo lago. Un lago tan inmenso que tenía sus propias mareas, su propia manera de ser lago.

No te negaré que temí ahogarme. Porque tal vez yo no fuera la laguna, sino una de aquellas pequeñas criaturas. Tu exuberancia me deslumbró. Lo sigue haciendo. Tu rigor, tu generosidad, tu amor, tus carcajadas. Todo. Todo y sin medida. Así eres. Muchas capas que en realidad son una sola. Y yo, aturdido por la avalancha, empecé a confundir los ritos, y las lenguas como en la Torre de Babel, lo que sentía o dejaba de sentir. La laguna ya no estaba allí y no era capaz de mantenerme a flote en el lago. Nunca había nadado tanto. Por nada. Por nadie. Sobre todo, nunca lo había hecho por deporte, tampoco por la conexión invisible y no mesurable, pero indestructible, entre dos seres humanos. Me dejé arrastrar por la marea. Me dejé llevar con la esperanza de que aquellas aguas me condujeran adonde quería ir. Pero sentí miedo de no saber adónde ir; de las mareas, del lago, del resto de las criaturas. Y de mí mismo, de ti; de lo que podías hacerme y de lo que yo podía hacerte. Durante un tiempo busqué la cura al miedo en una huída hacia adelante frenética y sin sentido. Quería no estar donde el miedo habitaba, pero nadie huye de sí mismo. Ni siquiera yo, que, como buen veterano del penal, soy experto en huídas.

Llegó otra avalancha. Una muy diferente. También exuberante, pero sólo en su poder para la devastación. Me dejó sin fuerzas, me desvistió de cualquier voluntad, de cualquier ansia de perseguir sueños o realidades. Al tratar de escapar de mí, había escapado de ti y de todo lo demás. Me perdí, doctora Z. Me perdí. Y en ese perderme te perdí a ti y nos perdimos los dos; rompimos algún tipo de pacto implícito que nos había mantenido unidos y que nos protegía del exterior. Quisimos insuflar aire a aquel cuerpo que ya no era nuestro, y fracasamos. Estrepitosamente. Nos podían las ganas; nos mataban los silencios. Fin del primer capítulo.

Ahora, que vienes y vas, que vamos y venimos, que unas veces nos encontramos y otras no, me preguntas por qué no siempre estoy dispuesto a revivir los mejores momentos de aquella película, quizá a imaginar nuevos momentos. Veo clara la respuesta, pero quisiera no verla tan clara. Por eso balbuceo al responder. Mis labios parecen negarse a decir lo que mi cabeza ya sabe. Que esto en parte se trata de supervivencia -el lago no debe volver a llenarse sin control con el agua de un solo deshielo- y en parte de esas cosas que entre tú y yo es mejor no mencionar. Esas cosas que no son nuestras sino mías, o tuyas. Te sigo queriendo, sí. De la única manera que sé querer. Aunque el tiempo y la distancia hagan las veces de cristal translúcido que todo lo difumina. Aunque, también por supervivencia, deba ser así.

Y sigo creyendo que en algún recodo del camino tú y yo inventamos la electricidad. O que la redescubrimos. Da igual el saco en el que almacenemos lo que hubo o lo que hay entre nosotros; en el del amor, en el de la pura atracción, el del cariño, el de las cartas astrales donde se alinean los planetas… Da igual. Los sacos siguen por aquí amontonados, para siempre o hasta la próxima. Quién lo sabe. Quién sabe nada, doctora Z. Ayer no fue nuestro momento, mañana quizá tampoco lo sea, pasado mañana puede que sí. Hay tantos caminos ahí delante, y tantos que estoy seguro que nos gustaría andar juntos. Pero propongo, si me lo permites, aceptar lo que llegue. Sin más. Mareas, lagunas, lagos, océanos. Aceptar. Y no perdernos de vista. Si de algo he estado seguro desde que nuetras órbitas se cruzaron, y lo constato cada vez que se vuelven a cruzar, es de que si perdía de vista tu estrella todo sería un poco más oscuro. Probablemente lo sienta así el resto de mi vida, o el resto de la vida de mis células si es que logro acercarme a la velocidad de la luz y tus teorías resultan ser ciertas.

Nada más (y nada menos), doctora. Te dejo en la mochila un beso, un hasta luego y una concha.

E.

 

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