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Esta tristeza que aprieta el pecho
como el abrazo de una dama de hierro.
Sin motivo.
Sin razón aparente.
Sin un porqué que me haga aceptar su presencia
y añorarla cuando se aleja.

Todas las decisiones fueron las únicas posibles.
Lo que pudo ser no existe,
y por eso duele.
Todo lo que arrojamos por la borda
pertenecía al fondo del mar.
Me aferré a aquellos restos.
Demasiado.
Demasiado tiempo.
Aguanté la respiración
y llegué hasta la misma boca del infierno submarino.
Al soltarme, algo emergió conmigo.

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