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No quería elegir y tuve que hacerlo.
“No se puede tener todo en esta vida.
No se puede”.
Pero es una vida diferente.
Lo es.
Te lo dije.
Estoy vacío de juramentos
y de otras cosas que es mejor no mencionar.

Juegas con las palabras
hasta que me obligan a seguir tu ritmo.
A estar donde no querría estar.
Inquilino y no visitante.
Piloto en vez de pasajero.
Jinete bajo la tormenta
a la velocidad de un corazón
que preferiría no latir tan fuerte.

Me empeño en no dejar morir
lo que lleva meses viviendo de sangre forastera.
Una bocanada más de aire.
Un golpe seco en el centro del pecho,
y la línea de la muerte se estremece.
Venga, un peldaño más.
Hacia arriba o hacia abajo.
Un peldaño más.
Lo importante es continuar en movimiento.

Demasiadas explicaciones.
Bla, bla, bla…
A ti te cansan.
Yo no tendría por qué darlas.
El mundo se ha llenado de conversaciones
que no terminan nunca.
Mi casa se ha llenado de gente
que no quiero conocer.
Lo único cierto es que estoy huyendo.
Trescientos días huyendo
con grilletes en los tobillos
y un saco lleno de errores.

Esto ya lo he escrito antes.
Mil veces.
Un millón.
Pero no me hago entender.
No hay nada que entender.
Y ya tengo en mente el siguiente verso.

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