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El recuerdo de un sueño
revolotea en el ángulo muerto de la memoria.
Me vuelvo hacia él y ya no está ahí.
Queda el desasosiego;
la tensión ante el peligro desconocido.
Queda despertar, y el sudor frío.
El corazón huyendo al galope
de un enemigo invisible.

¿Tratar de recordar los sueños
-y amontonarlos como piezas de un rompecabezas-
es jugar a ser Dios?
Hay cosas que es mejor no saber,
y otras tantas que es mejor no contar.
Quizá lo que sucede entre el sueño y mi yo durmiente
debería quedarse ahí,
en el país de la inconsciencia.
Quizá ni siquiera estén hablando de mí.
Quizá sólo me entrometa.
Y aunque les robe su armario de secretos
no tengo la llave que lo abre.

Pero el sueño de hoy me dejó tristeza y pánico,
y quiero descifrarlo.
¿Es causa o efecto?
Los estertores de las tormentas pasadas
o las embestidas de una brisa agresiva
que anuncia mar gruesa
y bajas presiones.

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