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Destruyo lo que aún no tengo.
No sé si lo hago para no tenerlo.
No sé si para no perderlo.
Me muevo en el tiempo
hacia todas las despedidas de mañana.
Una a una
se disuelven en licor
que es mitad lágrimas y mitad rabia.
No es amargo. No es dulce. No es nada.

La pirámide de los planes pendientes se ha invertido.
Me ha abierto el pecho con su presión penetrante.
Mi vientre es sangre,
y la sangre no es amarga,
ni dulce;
ni siquiera es agua.

Mecido entre la química y la pereza
despierto a un sueño que ya he vivido.
Justo aquí. Justo en este sitio.
Donde nunca desperté de la fantasía del equilibrio.
Donde me abandoné a un dolor reconfortante
como la broma pesada de un viejo amigo.

“Este no es el punto de partida”, me tranquilizas.
Cada día es el punto de partida.
Cada día pierdo la partida.

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