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Estoy perdiendo el control;
susúrrame algo al oído,
dime que a partir de ahora todo va a ser distinto.
Dispárame en la boca un dardo tranquilizante,
o condensa todo el dolor en un solo instante,
e inyéctamelo.

Estoy perdiendo el equilibrio.
Ya no puedo distinguir lo inofensivo del peligro.
Quizá debiera cambiar de vida;
cortarme el pelo,
convertirme en un hombre nuevo…
Si me enseñas cómo hacerlo.

Voy golpeándome con las paredes de esta casa,
que no es mi casa.
El gato salta por la ventana.
Una vida menos -le quedan cinco-.
¿Sabes cuántas me quedan a mí?
No, olvida eso. En realidad no quiero saberlo.

(Un hombre nuevo, mayo 2004)

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