Hace un rato la migraña me ha golpeado como si se hubiera cansado de compartir habitáculo con mis ideas. No va más. O tú y tus mierdas, o yo. No es dolor; el dolor es otra cosa. El dolor es algo soportable, asumible. La migraña exige el cese instantáneo de las amabilidades. De todas las –ades, en realidad. Sólo queda arrastrarse hasta el botiquín, reptar si es necesario, rezando por que el último sobrecito de polvos mágicos que tomaste no fuera el último sobrecito de polvos mágicos que quedaba.

No era el último. Dios existe. Como un yonqui consumado pero fuera de sí por el mono, ejecutas el ritual con la precisión que otorga el instinto. Rasgas el sobre con violencia, viertes su contenido en cuatro dedos de agua y la cucharilla lo mezcla a cuatro mil revoluciones por minuto. Y te bebes ese brebaje. La migraña está herida de muerte, aunque todavía se revolverá durante unos minutos. Ella no sabe que está herida. Gritará, dará puñetazos y patadas contra las paredes del cráneo. Parece que quiere abrir un agujero y escapar de ahí.

Lo siento, vieja amiga. No hay adonde huir. Cinco, seis, siete, ocho minutos. Fuera luces, fuera música, fuera televisión. Cierro los ojos y espero. En ese instante, recostado en el sofá, la casa en silencio, la brisa del aire acondicionado que me acaricia la mejilla, la cabeza embotada por los destrozos de la inquilina recién desalojada y el efecto del analgésico, en ese preciso momento, digo, descubro que nunca he estado más en paz conmigo mismo, con el universo, el más allá y el más acá. Nada importa. De verdad, nada importa. Podría quedarme así toda la vida. Toda mi vida, todas vuestras vidas, todas las vidas vividas desde que la vida es vida. ¿Será esto lo que siente el no nato dentro del útero materno? La oscuridad acogedora. Ahora, un hormigueo en el pie derecho, ahora un ligero picor en el hombro izquierdo. Nada demasiado intenso, nada que te obligue a mover un solo dedo. El sofá ya no es un sofá y el salón no es un salón, porque donde estoy es todo lo que hay, todo lo que existe. Pienso que quizá debiera incorporarme y coger la libreta para describir todo esto, pero eso no es importante. Pienso que convendría comer algo si la migraña ha abandonado el edificio y ya se puede respirar, mirar, oír, saborear. Pero eso tampoco es importante. Cuando la paz es real y no una palabra que utilizamos para llamar a casi cualquier cosa que no es la paz, los impulsos, los deseos, el mismo pensamiento, son prescindibles. Y la diversión. Y la conversación. Y el placer.

Cuando todas esas cosas que en teoría nos convierten en seres vivos, más o menos inteligentes, vuelven al primer plano de la consciencia, entonces sí, cojo la libreta y comienzo a divagar. Yo, que abracé el descreimiento antes que la imagen de los pies descalzos de una mujer, sucumbo a la evidencia: Dios pesa 600 miligramos y huele a bolas de anís.

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