Un cielo azul manchado de nubes de leche.
Los pies, fríos, reposan sobre la tumba del invierno.
La brisa quiere darme calor,
pero me muerde con dientes de escarcha.

Es cuestión de días que se derritan uno a uno
los propósitos del año nuevo,
y que los que no creen ni en sí mismos
abarroten las calles para gritarle ¡viva!, y ¡guapa!,
a la mujer con el puñal clavado en el corazón.

Es primavera.
No estamos ni aquí ni allí.
Todo ha terminado y todo vuelve a empezar.
Y ahora comprendo que es este y no otro mi lugar.
Aunque no crea en las constelaciones.
Aunque nunca mire el calendario.

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