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Las manos apretadas, cerradas en puño
Nada que ocultar, nada que tenga dueño
La palidez, hermana del miedo
El sabor metálico de cada beso
Las cartas marcadas, el desierto de otro día
La mala sangre en cautividad

Los surcos tallados en ojos enfermos
Un gemido, un susurro, un poco de paz
Entre el dolor y la ausencia
se para el corazón, se subleva
La constelación en espiral
Hasta el fondo de mis miserias

No hay confianza sin sacrificio
Y la amistad es una fruta que madura
Llega a su fin, al mar
Calla y se olvida
Y nadie pregunta

(Entre el dolor y la ausencia, junio 1996)

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