Leí el manual de instrucciones,
seguí todos los pasos,
y nadie venía conmigo;
pero, aun así,
logré encontrar un poco de calma
y construir una vida,
ni mejor ni peor que las demás.
Hice los debidos sacrificios,
salí a vagar por el desierto
con el pecho desgarrado
y las lágrimas trazando en la arena
el camino de vuelta.
Tú… Tú no sabes lo que es el dolor.
Para ti es una historia con la que protegerte
de tu miedo a no ser lo que quisiste ser;
una excusa, un mantra embustero.
Pero mira estas cicatrices;
jamás les di voz
ni las convertí en bandera.
Están ahí, a la vista
de quien quiera conocerlas.
Pero no son mi historia
ni necesito que nadie me cuide de ellas.
Debería cuidarme de otras cosas:
de esas que tú trajiste
camufladas en tu sonrisa intermitente,
que siempre moría en pleno otoño.
Nunca vi una máscara tan perfecta,
ni siquiera la mía,
que tantos años me salvó de los que había ahí afuera.
No sé si nacimos de una mentira;
no sé si querría aniquilar estos últimos dos años.
No sé si mereció la pena
o el precio que hemos pagado.
Aunque en algo tenías razón:
después del final, solo que eso, el final.
Los momentos felices ya han dejado de serlo;
y, en su lugar, una nostalgia traicionera
intenta convencerme
de que cometí el peor error posible.
Y es entonces cuando el olvido es el único antídoto,
la única salida.