Demasido ruido.
Todo lo que dije, y lo que no dije,
da vueltas en la trituradora;
y esos crujidos metálicos
son lo único que queda de ti.
Sé que, en algún momento,
se hará el silencio;
que es posible el descanso
y es posible el amor
después del fracaso.
Que no tenía derecho, me dijiste.
Que no hubo ninguna señal.
Como si este camposanto humeante
que hemos dejado a nuestras espaldas
no fuese una señal inequívoca
de las sombras que se avecinaban.
Pero quizá todo estuviera dentro de mí;
mis miedos, mis presagios, mi distancia…
Sin embargo, recuerdo bien cuando estabas sin estar,
cuando me usabas de espejo
para probarte los disfraces de todos tus demonios.
Quizá ninguno de los dos podamos ser felices,
pero yo aún no he renunciado a la alegría
y eso es algo que vi tan poco en tus ojos…
Esos ojos que ahora son cuchillos,
que son la parte por el todo,
cuando non sabía que el «todo» era mucho menos azul.
Azul oscuro, casi negro, tal vez.
Azul océano, casi abisal, eso sí.
Tú te refugias en las deudas que todos tenemos contigo
y las haces pagar.
Ojalá tener un corazón como el tuyo,
con tanto espacio vacío que llenar de ira
y reproches;
de agravios imaginarios,
de represalias,
de castigos.
Pero ese nunca fue mi camino.
Si alguna vez te quise, para mi mal,
te voy a querer siempre.
Si alguna vez te juré que nunca te haría daño
y si, aun así, te lo hice,
nunca fue deliberado,
sino consecuencia de todo lo que todavía
no he aprendido a controlar.
Ese es mi camino,
y mi camino y el tuyo no se pueden encontrar.
No, sin capitular.
No, sin mirarte a los ojos y poder ver
a quien una vez conocí.
Porque llevo todo este tiempo preguntándome:
¿quién eres? ¿Dónde estabas escondida?
¿Cuántas veces habías jugado ya a este juego?