Etiquetas

,

Es una decepción detrás de otra.
Las mías, las suyas…
Y no sé cómo hacer que pare.
No sé cómo conformarme
con lo que ya es más que suficiente.
Tarde o temprano, sin embargo,
se revela el terror 
y de la idea, o la falacia,
nace una íntima convicción,
y ya no hay marcha atrás.

Hay una bomba de relojería
a nuestros pies.
Sí, yo la puse ahí.
Podríamos haberla desactivado,
pero saliste corriendo
y entonces no tuve más opción
que correr yo también. 

Como si no hubieras plantado minas
por toda la casa
durante esos 700 días
de armisticios apasionados
con los que derretíamos
el hielo de la distancia.

Tus preciosos ojos azules
pueden ser tan fríos
como este invierno atroz
que ahora nos toca resistir.
Tú, desde la negación
de todo lo que ha sido.
Yo, rezando por que un día
dejes de existir aquí,
en el centro del pecho.

No sé por qué te convenciste
de que éramos el uno para el otro,
para después no oponer resistencia alguna
ante el vendaval que nos arrasaría
como a figuritas de papel.
Una cadena es tan fuerte
como su eslabón más débil,
pero me pregunto
cuál era de nosotros dos
el más débil. 
Quién tenía más miedo:
si yo a seguir adelante
o tú a que nuestros votos de papel
no soportaran la embestida
de ese viento feroz.

El rencor es tu refugio,
no el mío.
Yo me parapeto en el tiempo
y el tiempo me llevará lejos,
o no tanto,
a cometer errores parecidos. 
Aunque aún conservo la esperanza
de un amor sin advertencias,
ni cartuchos de dinamita a mis pies,
ni huidas,
ni lágrimas que no hacen su trabajo,
ni miradas más frías
que la lápida de lo nuestro.