Es como un recordatorio en el centro del corazón,
o quizá más a la derecha,
justo en la base del estómago.
Un grito sordo detrás de los ojos,
donde en otra vida solía haber lágrimas.
O como la sensación de escapar de una trampa mortal
para ir a caer en otra, y en otra,
y en otra más.
Y todo lo que quiero
deja de importar,
porque todo lo que quiero
es que pare el ruido en la cabeza
y no despertarme bocabajo, entre cristales rotos.
Esa es la batalla.
Ese es el sentido de la vida.
Esa es la cruz que, a veces,
parece clavada a mi espalda.
Pero no hay Calvario
ni ladrones a mi lado;
ni siquiera una multitud a la que culpar de todo.
El fariseo soy yo.
Yo soy la cura y la enfermedad.
Mañana estaré bien.
Mañana estaré mejor.
Mañana seré razonablemente infeliz,
y mi sonrisa te contará cosas
que quizá no sean mentira.
Pero habrá algo más,
algo oculto en la comisura de los labios;
un sabor metálico
que a duras penas se disuelve en nuestro abrazo.