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Yo no sé lo que es el amparo. En lo más profundo de mí, nunca me sentí seguro. Sé que sigo siendo aquel niño que se perdió a la salida de un restaurante. Unos minutos, pocos. Fueron sólo unos minutos, pero hay heridas que no pueden cicatrizar, o cicatrices que duelen como el roce del hierro candente contra tu pecho.

No sé lo que es la seguridad inexpugnable de un abrazo. Siempre quise un abrazo así, y los he regalado, a todos, a todo el que lo necesitara; pero después me doy la vuelta y de repente el mundo se queda vacío, o se llena de desconocidos, (que viene a ser lo mismo). No hay escapatoria. Si es eso lo que tengo que hacer, escapar, no hay escapatoria. Y el miedo y la tristeza zigzaguean como rayos eléctricos en mi cabeza, hasta el mismo borde de la locura.

Quiero que alguien me encuentre llorando y me pregunte qué me pasa, y decirle que no lo sé, pero que no se vaya. Sólo eso, sólo un “no me dejes aquí”. Pero yo no sé decir esas cosas, no sé pedirlas, no sé aceptarlas. Y aunque esto no se lo escribo a nadie, estoy pensando en ti. Cada día pienso en ti y en decirte que no te vayas, que no me olvides. Pero no estás aquí, así que no puedes irte. Yo no te permito estar. Y el olvido… Bueno, el olvido es una consecuencia, a veces un chaleco salvavidas. Sé que tiene que ser así, aunque yo no pueda permitirme el lujo de olvidarte. Da igual que te piense como el que piensa en la mejor manera de terminar una novela, cuando todo está en su sitio, cuando los personajes hacen lo que quieren hacer. Sin miedo.

Te pienso y te imagino, sí; pero ahora mismo no debo hacer nada que no sea caminar por este laberinto frío y oscuro en que se han convertido mis días. Si no encuentro la salida nada va a importar, porque nada va a ser. Y el caso es que no sé dónde está la salida, no sé si puedo llegar hasta allí. El caso es que ya no soporto vagar entre estos muros que rezuman humedad y que me devuelven el eco de todas mis palabras. Malditas sean todas. Malditas. Inútiles, irrelevantes. Lo que más te gusta de mí no es nada, no es ni siquiera una habilidad, es sólo humo; la cortina de humo entre el hombre que no soy y ese crío que sigue ahí acurrucado en un rincón, temblando, porque sospecha que ya no va a venir nadie. Que los demás se han acostumbrado a verle ahí, en el rincón, y pasan de largo. Y los odio, a todos. A casi todos. Los odio. Por aceptar mi derrota, mi fracaso. Quizá eso les haga sentir mejor.

Ya no me queda mucho tiempo. Mi corazón es fuerte, pero los latidos son cada vez más dolorosos. Y las noches… No voy a hablar de las noches, porque yo mismo me espanto. Pero no puedo pararlo… No puedo pararlo.

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